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La bandera del mundo 

El general Francisco de Miranda y el poeta J. W. Goethe se encontraron, una noche del invierno de 1785, en una fiesta celebrada en una importante casa de Weimar. Miranda había nacido en Venezuela, era un ferviente admirador de la obra de Cristóbal Colón y sólo tenía 34 años, pero había asistido a los primeros pasos de la democracia estadounidense y había servido, como general, en la dramática “revolución francesa”. Goethe, por su parte, había publicado Las penas del joven Werther, una novela extraordinaria, y, muy a su pesar, había inspirado a cientos de suicidas europeos a tomar la única decisión de sus vidas. 

En una carta al conde Woronzoff, fechada siete años después de aquel encuentro histórico, Miranda escribió que “la noche se alejaba y Goethe estaba fascinado con mis historias sobre la búsqueda de la libertad, la igualdad y la fraternidad”. Por eso, cuando los demás asistentes a la celebración comenzaron a bailar y a contar secretos a voces, el poeta romántico se le acercó, se burló de sus zapatos y de su cara aplastada y le dijo las famosas palabras: “Su destino es crear, en su tierra, un lugar que no falsee los colores primarios”. 

Faltaban 25 años para que Goethe publicara su Esbozo de una teoría de los colores, pero, ante el asombro de Miranda, tuvo que explicarle, paso por paso, lo que estaba diciendo. Jamás imaginó que en las próximas dos horas sentaría, en la cabeza de aquel idealista, las bases para el nacimiento de un nuevo continente. “Primero me explicó la forma como el iris convierte la luz en los tres colores primarios”, escribió Miranda al conde Woronzoff: “después me comprobó por qué el amarillo es el color más cálido, noble y próximo a la luz, por qué el azul es esa mezcla de excitación y serenidad, una lejanía que evoca las sombras, y por qué el rojo es la exaltación del amarillo y el azul, la síntesis, el desvanecimiento de la luz en la sombra”. 

“No es que el mundo esté hecho de amarillos, azules y rojos”, le aclaró Goethe a Miranda: “Es que así, como una combinación al infinito de aquellos tres colores, lo vemos todos los seres humanos”. Si se tratara de fundar un paraíso, de inventar un mundo ideal, le dijo, lo mejor sería nombrarlo en honor a su origen y crearle un emblema que tuviera esos tres colores. “Un país parte de un nombre y de una bandera y se convierte en ellos, como un hombre que cumple un destino”, concluyó el poeta alemán. El joven general venezolano entendió, de inmediato, a qué se refería. Y aceptó que sus zapatos no eran de buen gusto. 

En la madrugada, cuando volvió a la casa en donde se hospedaba, Miranda dibujó una bandera con esos tres colores, dispuestos en franjas horizontales, y, para que la luz siempre le ganara a la sombra, y porque se había pasado un poco de tragos, hizo que el amarillo fuera el primero y el más grande de todos. Era, según pensó, el emblema perfecto: recordaba haber visto, en un fresco pintado por Lázaro Tavarone hacia 1600, en el Palacio Belimbau de Génova, que amarillo, azul y rojo eran los colores de la bandera que el almirante Cristóbal Colón, su ídolo, había ordenado izar en los cuarteles de Veragua. 

”Francisco de Miranda les explicó la razón de ser de cada uno de los colores y les propuso crear un nuevo continente. “

A esa tierra, a la tierra que Colón pisó por primera vez, a la Colombia de los colores primarios, en donde todos los hombres son libres porque pueden ver todo como es, era a la que él, Miranda, quería regresar. Y la triste verdad es que, aunque siempre quiso servirle a su inmenso país, y lo hizo todo para traer la democracia norteamericana y la libertad francesa a su patria, sólo el 31 de diciembre de 1810, a los 60 años y después de varios desembarcos frustrados, pudo poner los pies sobre su tierra. En el mástil de su nave, por supuesto, ondeaba la bandera de Colombia. 

Venezuela se independizó el 5 de julio de 1811. Y el 9 de ese mismo mes, el general Francisco de Miranda presentó, ante el Congreso Constituyente, la nueva bandera de su patria. En un discurso memorable les explicó a todos sus compañeros de lucha la razón de ser de cada uno de los colores y les propuso crear un nuevo continente, un gran país que se convirtiera en su nombre y su bandera, pero no, no fue suficiente. Pronto descubrió, en carne propia, que regresar a los tiempos de Colón no sería fácil: después de cuarenta años de exilio sus teorías habían perdido, por completo, el contacto con la realidad. 

Para comenzar, aquel país no quería ser liberado. Las élites rechazaban el nuevo estado, la Iglesia se mostraba fiel a la monarquía, los esclavos se rebelaban contra el Gobierno justo antes de que se aboliera la esclavitud y la guerra no parecía detenerse. Porque se alejó de la barbarie de la independencia y concilió con los españoles, porque se apartó de unos remedios que comenzaban a parecerle peores que la enfermedad, Miranda fue declarado, por el propio Simón Bolívar, “traidor a la patria”. 

Todas sus ideas fueron enterradas en un par de meses. El amarillo sería el oro perdido, el azul los océanos del horizonte y el rojo la sangre de la guerra por venir. Ya no existiría un Estado al servicio del hombre, sino un hombre al servicio del Estado: la filosofía del siglo XVIII sería reemplazada, poco a poco, por las campañas militares del siglo XIX y Miranda se convertiría, de un día para otro, en un personaje del pasado. Bolívar continuaría sin él la lucha por la independencia y llevaría, por todas partes, la bandera de la gran Colombia.

Cuarenta y cinco años después de la muerte de Francisco de Miranda, 31 después de la de Simón Bolívar y 29 después de la J. W. Goethe (“quiero ver la luz, más luz”, fueron sus últimas palabras), el general Tomás Cipriano de Mosquera confirmaría aquella bandera, en 1861, como la bandera de nuestro país. En el último párrafo de su carta al conde de Woronzoff, embajador de Catalina II en Londres, aún puede leerse una frase de Miranda, el idealista, que contiene el sentido de su vida y hace más triste su triste final. “Podría ser la bandera del mundo”, dice.

Ricardo Silva Romero, Bogotá, 1975. Escritor, autor de Sobre la tela de una araña, Réquiem y Relato de Navidad en La Gran Vía. 

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