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El Nacimiento del III Reich 30 de Enero 1933

Juventud sin Meta
Aunque nunca se ha podido determinar la fecha exacta, se supone que hacia fines de 1876 apareció en Dollersheim, localidad de la Baja Austria, un tal Johann Nepomuk Hiedler, al que acompañaban tres de sus familiares. Procedían de Spital, pueblo situado a unos veinte kilómetros de aquella localidad. Se presentó en la parroquia y manifestó que deseaba legitimar al hijastro de su hermano, Johann Georg, quien ya contaba cinco años de edad cuando éste contrajo matrimonio con Anna Schicklgruber, madre del niño. Tal vez el buen párroco quedó convencido con unos cuantos embustes. El caso es que procedió a efectuar en el Registro Civil la enmienda solicitada, por lo cual —a petición, claro está—, el apellido anterior, de rancio regusto campesino, se transformó en Hitler, de diferente grafía y mayor sonoridad. Lo que el párroco ignoraba —o acaso pretendió ignorar—, es que el supuesto padre había dejado de existir veinte años atrás y que la madre también había fallecido, haría unos treinta. Tan singular legitimación, del todo improcedente a tenor de lo prescrito por las leyes, constituía, pues, una manifiesta falsedad. 
El muchacho, de nombre Alois, era hijo natural de aquella campesina llamada Anna Schicklgruber, quien durante más de veinte años se había ganado el pan sirviendo como doméstica en diversas ciudades de la comarca, hasta que un buen día regresó a su villa natal, en estado interesante. Grande fue su alegría a'l poder casarse con un tal Hiedler, peón molinero sin ocupación o, muy probablemente, alérgico al trabajo. Alois, entretanto, había sentado plaza de funcionario en el Cuerpo de Aduanas. Contaba entonces alrededor de cuarenta años y llevaba cinco de servicio en la Aduana de Brauna localidad de la Alta Austria. De súbito, el hombre decide dar un paso sensacional: renuncia a su apellido, al que sustituye por el de Hitler. Aún hoy, sus motivos permanecen un tanto oscuros, si bien se ha querido establecer como base el orgullo de su tío adoptivo Johann Nepomuk, en cuyo hogar había crecido Alois, el reputado funcionario alcabalero. Sea como fuere, ello no constituye, como es obvio, un argumento convincente. Asimismo es su-perfluo el intento <de probar, como ya se ha ensayado, que Alois Schicklgruber hubiera estado recluido en un sanatorio mental. El origen de tal rumor es también problemático.
Lo único cierto es que el padre de Alois Hitler resulta un personaje absolutamente desconocido, muy al contrario que el nieto Adolf, cuarto hijo de su tercer matrimonio, el cual vio la luz el 20 de abril de 1889. A fin de adquirir la nacionalidad alemana, Adolf Hitler consiguió, en febrero de 1932, que se le nombrara miembro del Consejo de Gobierno de Brunswick. Sólo un par de meses más tarde, con la entrada en vigor de las disposiciones promulgadas por el Consejo de que formaba parte, no hubiese podido escalar la altura que alcanzó, puesto que no habría podido justificar cumplidamente la «"mínima" pureza aria» requerida. Tampoco puede afirmarse categóricamente que el abuelo desconocido del Führer haya sido el hijo de un comerciante llamado Frankenberger, último amo a quien la abuela Schicklgruber había servido y del que se aseguraba una ascendencia judía. 
Lo que, desde luego, no puede ponerse en duda, es que Frankenberger se hizo cargo de la manutención de Alois por un período de catorce años, como Hans Frank, abogado de Hitler, averiguó en 1931 cuando hubo que poner la cuestión racial sobre el tapete ante el jerarca del Partido. El asunto quedó reducido a que un familiar con residencia en el extranjero, cuya posición económica era opulenta, ayudaba a sus parientes menos favorecidos. 
Sin embargo, el Gobierno austríaco consagró mucho tiempo y esfuerzo en profundizar en el tema, si bien no pudo conseguir más que una información de segunda o tercera mano. Así, pues, las supuestas pruebas acerca del «abuelo judío» de Hitler no pueden ser tomadas sino con gran circunspección. Lo único que aparece claro en todo este embrollo, es que la capacidad y la carrera del padre apuntan a un nuevo injerto en la estirpe, que, afincada en el distrito forestal de la Baja Austria, se extinguía por los largos años de consanguinidad.
La localidad de Braunau, donde el funcionario Hitler prestaba servicio en el Cuerpo de Aduanas, se halla situada en las márgenes del Inn, en la frontera bávara. El «distrito del Inn», salvo un breve lapso de tiempo, había pertenecido a Baviera hasta el año 1816. Este hecho pareció quedar ignorado, y hasta el propio Hindenburg y sus acólitos confundían Braunau con su homónima del territorio de los sudetes, lo cual dio lugar a la arrogante designación de «cabo bohemio» que recibió Hitler, aunque éste jamás había pisado Bohemia por aquel entonces. Al parecer, el padre de Hitler no gozaba de muy buen predicamento en la villa natal de su vastago Adolf. Al año de nacer éste, la familia abandonó Braunau. El cabeza de la misma fue a desempeñar su cometido público en el distrito forestal de Passau, en Baviera, hasta que se le concedió la jubilación, dos años después. A partir de entonces, el funcionario retirado probó fortuna, con escasos resultados, en la administración de una finca que adquirió en el distrito de Trauntal, en la Alta Austria. Más tarde se mudó a una casa de alquiler sita en los alrededores, y finalmente en 1898 compró una casita en Leonding, población próxima a Linz.
La capital de la Alta Austria se convirtió, pues, en la auténtica patria de Adolf Hitler, si es que puede utilizarse un concepto semejante para referirnos a un sujeto de temperamento tan inestable. En ella recibió las primeras impresiones de su existencia y en ella vivió los años más decisivos para la formación de su carácter. A partir de 1900 asistió a la Escuela Profesional de Linz, ciudad donde murieron sus padres y adonde solía volver a menudo, si es que para él regía el concepto de regreso. La villa de Braunau del Inn, que visitaba rara vez, se convirtió en la «villa natal del Führer», cuando su exaltación al poder. Sin embargo, fue en Linz y en Leonding donde hizo un alto en su marcha triunfal de marzo de 1938, y en ambas transcurrió su mocedad, con sus extravíos, antes de trasladarse a la Viena hostil. Linz fue siempre el lugar favorito de Hitler, y en sus delirios de grandeza concibió gigantescos planes de reconstrucción para después de que hubiese terminado la guerra. Para nutrir el enorme museo de dicha ciudad, reunió gran número de cuadros, arrebatados de Europa entera, con los que sustituyó a otros que, a su juicio, representaban el «arte degenerado». Incluso a la hora de redactar testamento, se acordó de su «ciudad natal».
Alois Hitler falleció dos días después del Año Nuevo de 1903. En su obra Mein Kampf, el hijo describe al padre como un funcionario escrupuloso y un excelente cabeza de familia. Por el contrario, en sus charlas con personas allegadas lo señala como un borracho empedernido, a quien a duras penas era capaz de arrancar de las tabernas para conducirlo hasta el hogar, hecho que le valía recibir como pago soberanas palizas administradas con regularidad. Lo único cierto de todo esto es la indudable sagacidad de Alois, que le permitió, no obstante haberse visto sorprendido por la muerte frente a un vaso de vino, en la fonda que solía frecuentar, no ser tildado de beodo. Sus convecinos le tenían en gran estima, pese a sus opiniones liberales y a que alguna que otra vez regresaba a casa con paso vacilante. A ello hay que añadir su severidad casi patriarcal respecto a los suyos, de cuya educación no se ocupaba con demasiado ahínco. En cuanto a sus aventuras galantes, era evidente que habían cesado casi por completo, no por obra de su tercer matrimonio, sino seguramente por sentirse sin demasiadas energías para seguir en pos de las damas.
Por lo que respecta a su posición económica, los Hitler pertenecían a la baja burguesía. Durante los lustros anterior y posterior a la muerte de su padre, no puede hablarse en absoluto de «necesidad». Cuanto se ha dicho al respecto no es sino pura fantasía. Hacia mediados de 1905, antes de trasladarse a Linz, la madre de Hitler vendió la casa que poseía en Leonding. Percibió por ella la bonita suma de diez mil coronas, a lo que hay que añadir una cifra algo superior a la mitad de aquélla, procedente de la decorosa pensión de viudedad que le correspondía por su difunto esposo. Éste había llegado a alcanzar el noveno grado en el escalafón, categoría tope en consonancia a sus conocimientos.
Si comparamos las calificaciones que obtuvo Adolf Hitler en la Escuela Profesional de Linz con las logradas en la enseñanza primaria, notaremos que sus progresos no son muy brillantes. No es tonto, ni mucho menos, pero sí un haragán incurable. Se ve obligado a repetir el primer curso; aprueba el segundo, pero es requerido a pasar un nuevo examen para demostrar su suficiencia en determinada disciplina. Lo mismo le acontece con el tercero. Esta vez, por lo visto, le llaman ya la atención y se establecen ciertas condiciones para su asistencia. Entonces, Hitler abandona la escuela. Sigue el cuarto curso en la vecina Steyr, pero el resultado es mucho peor: le declaran «no apto» en gramática y en matemáticas. En el verano de 1905, pone punto final a sus estudios —lo que al parecer ya se le había insinuado— y abandona definitivamente la escuela.
Si se tiene en cuenta la abundancia de errores ortográficos que comete el educando a los pocos años de dejar la escuela, es difícil prestar crédito a su afirmación de que sólo «saboteaba» las asignaturas que le parecían estériles. Asimismo, la «grave enfermedad pulmonar» a que alude en Mein Kampf como la causante de su incompare-cencia escolar, constituye evidentemente una exageración y forma parte de la larga serie de sus muchas patrañas. Y si se piensa que en la escuela primaria mostró afición por el estudio, como lo prueba el hecho de que obtuviera en ella excelentes calificaciones, además de haber llegado a ser una especie de jefecillo en el círculo de sus condiscípulos y amigos, resulta doblemente desconcertante su definitivo fracaso como alumno de enseñanza media. Como tal no destacó entre sus camaradas nien 1« bueno ni en lo malo, sino que se mantuvo dentro de una discreta mediocridad, aunque su natural despótico y egoísta constituía la nota más característica de su persona. Por lo demás, no se distinguió por ningún mérito especial, ni en el ámbito escolar, ni fuera de él. Su prematura madurez política, lo mismo que su supuesta crueldad manifestada en la mutilación de ranas e insectos, pertenece al campo de la leyenda.

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