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HITLER NO SE EQUIVOCO
La Marina de Guerra Alemana, el Pacto Ruso, el Problema Britanico y el Comienzo de las Hostilidades
I La Flota naval alemana en el año 1939
Cuando el primero de septiembre de 1939 Hitler invadió Polonia, Alemania no estaba todavía preparada para una guerra naval de gran envergadura. La Flota de guerra alemana comprendía solamente dos viejos acorazados de combate, dos cruceros de combato, tres acorazados llamados de bolsillo, ocho cruceros y veintidós destructores. Varios navios de guerra se hallaban en construcción; pero sólo dos acorazados de combate y un crucero fueron botados durante la guerra. Pero lo más sorprendente del caso, era que no se habían hecho preparativos de ninguna clase para una prolongada campaña con los submarinos. Éstos habían representado el peligro más grave para la Gran Bretaña durante la primera Guerra Mundial; el desarrollo técnico subsiguiente había servido para incrementar la eficacia del arma submarina; sin embargo, Alemania sólo había construido cincuenta y siete submarinos hasta el año 1939; no obstante, sólo veintisiete de éstos poseían un radio de acción suficiente para llevar a cabo operaciones en el Atlántico.
No era ésta la marina de guerra que el Estado Mayor Naval alemán hubiese deseado poder disponer en una guerra contra la Gran Bretaña. No era la flota que el almirante Raeder, Comandante en Jefe, se había imaginado para, algún día, combatir el poder naval británico, ni la flota submarina que el almirante Doenitz, Comandante en Jefe de la flota submarina, había considerado necesaria para asegurar la victoria alemana.
Durante el otoño del año 1938, mientras se hacían los preparativos para una futura guerra contra la Gran Bretaña, Raeder presentó unos proyectos, según los cuales Alemania hubiese podido contar con una flota, si no muy numerosa, sí muy moderna y bien dotada dentro de un período de tiempo razonable; Doenitz había intervenido a fin de asegurar la construcción del mayor número posible de submarinos alemanes. A tenor de estos planes, la flota alemana, incluyendo los navios en construcción y los que ya habían sido botados , había de comprender, a fines de 1944, ocho acorazados de combate, dos cruceros de combate, los tres acorazados de bolsillo, dieciséis cruceros, dos portaaviones y unos ciento noventa submarinos. Un plan adicional preveía la construcción de otros navios de guerra, con lo cual, para fines de 1948  , la marina de guerra alemana comprendería un total de ocho acorazados de combate, dos cruceros de combate, tres acorazados de bolsillo, treinta y tres cruceros, cuatro portaaviones y unos doscientos setenta submarinos. Sin embargo, Raeder se vio obligado a modificar estos planes en la primavera del año 1939, cuando por la tensión política internacional, cada vez en aumento, se dio a entender que la guerra podía estallar mucho antes de lo que se tenía previsto. Y se vio forzado a abandonar sus planes constructivos cuando las hostilidades, en contra de todas sus esperanzas, estallaron en el otoño de aquel mismo año.
Su reacción fue acusar a Hitler por no haber esperado más tiempo antes de lanzarse a la guerra contra la Gran Bretaña. En un memorándum, redactado para los archivos navales y que no debía ser sometido a Hitler, fechado el tres de septiembre de 1939, el mismo día en que las potencias occidentales declararon la guerra, se lamenta de que ésta hubiese comenzado en contra «de las anteriores afirmaciones del Fiihrer de que no había que contar con una guerra antes del año 1944...» Describe las ventajas que Alemania hubiera disfrutado si la guerra hubiese podido ser aplazada hasta fines de 1944. En tal fecha hubiese podido contar con tres acorazados de combate rápidos, tres acorazados de bolsillo, cinco cruceros pesados, dos portaaviones y ciento noventa submarinos en la lucha contra la marina mercante británica; otros seis acorazados de combate hubiesen podido ser lanzados a la lucha contra los navios de guerra británicos destinados a la defensa de las rutas marítimas; otros dos acorazados de combate y dos cruceros de combate hubiesen servido para obstaculizar la libertad de acción de la Home Fleet. Las perspectivas, en opinión de Raeder, «hubiesen sido muy buenas en este caso... sobre todo, contando con la cooperación del Japón e Italia... para liquidar de una vez para siempre el problema británico...» Sin embargo, puesto que la guerra estalló con cinco años de anticipación a los planes previstos, Alemania se vio en la necesidad de suspender la construcción de navios de guerra pesados y concentrar toda su atención en la construcción de submarinos. La marina de guerra alemana tenía que evitar todos los posibles contactos con su adversario naval y concentrarse solamente en la guerra contra el comercio marítimo británico. Pero, en realidad, tampoco estaba lo suficientemente preparada para poder cumplir con éxito y de un modo efectivo con esta limitada misión. «El arma submarina es todavía demasiado débil para ejercer efectos decisivos en la guerra. Las unidades de superficie... no pueden hacer otra cosa que demostrar que sus tripulaciones saben morir valientemente...».
Un memorándum que Doenitz había redactado dos días antes, recordó a Raeder cuál .era la situación real de. las fuerzas submarinas. A diferencia del Comandante en Jefe, Doenitz no se lamentó de que tuvieran que ser abandonados los planes para la construcción de una gran flota de superficie; para él, los submarinos representaban el único medio para derrotar a la Gran Bretaña. «Los submarinos — dice en su memorándum — serán siempre la base en que se apoyará la lucha contra Inglaterra y el medio para ejercer una presión política sobre la misma.» El objeto del memorándum no era deplorar que la guerra contra la Gran Bretaña comenzara ya en el año 1939, en lugar de una fecha posterior más favorable. Tampoco apoyaba Doenitz a Raeder en sus críticas contra Hitleí. Pero sí estaba alarmado por la falta de preparación de las fuerzas submarinas, y también decidido a hacer todo lo que estuviera en su poder para lograr un incremento inmediato de las mismas. Disponiendo sólo de veintiséis submarinos con un radio de acción suficiente para efectuar operaciones en el Atlántico, tan sólo podía destinar ocho o nueve a lo sumo al mismo tiempo para dicho fin. En su opinión, sin embargo, se necesitaba un mínimo de trescientos submarinos para completar, con grandes probabilidades de éxito, el bloqueo de la Gran Bretaña, o sea, el número de submarinos suficiente para tener en acción a noventa submarinos a la vez en las zonas vitales del Atlántico Norte .
Si la situación inmediata ofrecía pocas esperanzas, las perspectivas no eran mucho mejores. Doenitz calculaba que, según el programa aprobado para la construcción de submarinos, se podría contar para fines del año 1944 con sólo ciento cuarenta y cuatro submarinos capaces de operar en el Atlántico, con ciento setenta y ocho submarinos para fines de 1946; todo esto, sin contar el tanto por ciento de posibles pérdidas. «Es totalmente imposible, si no se amplía este programa de construcción, que nuestros submarinos puedan ejercer una presión efectiva sobre la Gran Bretaña o sobre su comercio marítimo en un plazo de tiempo razonable.» Solicitó, por lo tanto, la adopción de medidas especiales a expensas de las otras construcciones navales, para asegurar «que el arma submarina pueda, lo antes posible, estar en condiciones para cumplir con la principal misión a ella encomendada, o sea, derrotar a Inglaterra».
II Las razones de su falta de preparacion
¿A qué se debe que la marina de guerra alemana no estuviese preparada?
El primer obstáculo a la expansión naval alemana había sido la limitación impuesta a Alemania por el Tratado de Versalles. Las cláusulas navales del Tratado limitaban la flota alemana a sólo seis navios pesados, seis cruceros ligeros, doce destructores y doce torpederos, con un tonelaje mínimo para cada categoría, y prohibían a Alemania la posesión o construcción de submarinos. Alemania se consideró ligada por esas cláusulas hasta que fueron reemplazadas por el Acuerdo Naval Anglo-Germano  del mes de junio del año 1935, que le permitía construir hasta un treinta y cinco por ciento de cada categoría de los navios de guerra británicos de superficie, y hasta el cuarenta y cinco por ciento de los submarinos y, siempre que no se superara esta proporción del treinta y cinco por ciento del tonelaje total, podía Alemania, en determinadas circunstancias, con la explícita aprobación de la Gran Bretaña, aumentar el número de submarinos hasta alcanzar la paridad con los británicos. Sin embargo, Raeder no podía contar con una rápida expansión de la flota alemana, ya que un segundo obstáculo vino a interponerse en sus planes. La limitada capacidad de los astilleros alemanes, reducidos después de su derrota en el año 1918, no podían ser ampliados con la suficiente rapidez una vez liberada Alemania de las cláusulas de Versalles. Los astilleros eran tan limitados en su capacidad de producción, que incluso las construcciones autorizadas por el Acuerdo Naval Anglo-Germano no hubiesen podido ser completadas antes del año 1943; cuando comenzó la guerra, la marina de guerra alemana no sobrepasaba los moderados límites aprobados en el año 1935 .
Otros factores retrasaron igualmente el programa de construcciones alemán. Una flota naval requiere mucho más tiempo para su puesta a punto que los ejércitos de tierra y que las fuerzas aéreas. Pero Hitler tenía prisa. Le preocupaba la posición continental de Alemania, y los problemas que afectaban al ejército de tierra y a las fuerzas aéreas. Se había entablado, al mismo tiempo, una controversia dentro del mismo mando de la marina de guerra con respecto a la dirección que debía seguir la expansión naval, si el interés principal debía ser dedicado a la flota de superficie, que era la tendencia preconizada por Raeder o, tal como reclamaba Doenitz, a la construcción de submarinos. Esta controversia se refleja en el memorándum de Doenitz del primero de septiembre, que provocó gran malestar entre los oficiales navales alemanes después de rotas las hostilidades .
En su conjunto, estas consideraciones explican, en cierto modo, la falta de preparación de la marina de guerra alemana en el año 1939. Pero no son lo suficientemente explícitas; no muestran toda la verdad sobre este problema. Las cláusulas navales del Tratado de Versalles hubiesen podido ser violadas, como ocurrió con casi todas las demás cláusulas de dicho Tratado, antes de que Alemania hubiese sido dispensada de las mismas; sin embargo, fueron observadas al pie de la letra hasta ser reemplazadas por otras en el año 1935. Los astilleros hubieran podido ser ampliados en su capacidad constructiva, si Alemania hubiese considerado conveniente adoptar esta medida. La construcción de una flota requiere mucho tiempo. Pero se observa un significativo retraso de más de tres años entre la firma del Acuerdo Naval Anglo-Germano y la aprobación, en el otoño del año 1939, de los planes para la creación de una flota superior a las cifras convenidas en el año 1935. En cuanto a la controversia en el seno de la propia marina de guerra alemana, Hitler la resolvió en favor de Raeder, o sea, en favor de una flota de superficie; Hitler tomó esta decisión en el año 1934, cuando aprobó las proposiciones que condujeron a la firma del Acuerdo Naval Anglo-Germano.
Estos puntos sugieren que la preferencia de Hitler por la Wehrmacht y la Luftwaffe, se debía a una política preconcebida, como resultado de la falta de interés por los asuntos navales; y, si hemos de hacer caso de ciertas declaraciones prestadas después de la guerra, éste fue, en efecto, el caso. En opinión de Ribbentrop  Hitler deseaba vivamente, hasta el otoño de 1938, reconocer la supremacía marítima británica, garantizar la integridad de Holanda, Bélgica y Francia, y concertar una estrecha alianza con la Gran Bretaña gracias a la cual, en compensación por la libertad de Alemania, fuese donde fuese, como resultado de la renuncia británica a la tesis del «equilibrio europeo», Alemania renunciaría a sus reclamaciones coloniales y pondría a disposición de la Gran Bretaña su pequeña flota y doce divisiones para la defensa del Imperio británico. No hay razón para desconfiar de estas declaraciones de Ribbentrop. Se basan en pruebas documentales que revelan que, al contrario de lo que cree la opinión pública general, advirtió ya a Hitler en el mes de enero del año 1938  que la Gran Bretaña no aceptaría el papel que se le quería asignar, y que preferiría luchar, a tolerar el resurgimiento de una Alemania tan poderosa como la había planeado Hitler. Y existe también el testimonio de Rae-der, que demuestra que ésta era la ambición diplomática que dictó la política naval de Hitler antes de la guerra.
Según  Raeder ,  inmediatamente  después   de subir al poder en el año 1933, Hitler expuso como
base de una futura política naval germana, su firme decisión de vivir en paz con Italia, el Japón e Inglaterra. En particular, no tenía la menor intención de disputar a Inglaterra la supremacía naval, que se correspondía con sus intereses mundiales, y este punto de vista tenía intención de ratificarlo en un tratado especial que fijase la correlación de fuerzas entre las flotas alemana e inglesa... «La conclusión del tratado naval... fue iniciada plenamente por el Führer... su plan era ganarse a Inglaterra para una política de paz gracias a la proporción del treinta y cinco por ciento...» Ninguna de las pruebas que podemos disponer en la actualidad y que hacen referencia a las negociaciones navales anglo-germanas contradicen las afirmaciones de Raeder. Alemania tomó la iniciativa en esas negociaciones; y lo hizo con la intención de hacer una tentativa en favor de los intereses de la Gran Bretaña; las proposiciones alemanas en sí estaban lo suficientemente bien delimitadas para garantizar a este país el fin de la rivalidad naval anglo-germana. Las declaraciones de Raeder quedan confirmadas por su confesión de que siempre se mostró «escéptico con respecto al plan del Führer para ganarse la buena voluntad de Inglaterra...» Siempre se lamentó de las limitaciones que el plan imponía a la expansión naval germana. Esta confesión es confirmada por los documentos. Durante una conferencia celebrada en el mes de junio del año 1934 , en la que Hitler insistió en que las violaciones de las cláusulas navales de Versalles debían mantenerse en el más absoluto secreto, Raeder «expuso su punto de vista de que, de todas formas, había que incrementar el poder de la flota para poder oponerla a Inglaterra».
Esta actitud de Hitler con respecto a la negociación del Acuerdo 'Naval Anglo-Germano es confirmada, además, por su manifiesta aversión a violar el Acuerdo y el haber ordenado un cambio en la política naval sólo cuando las circunstancias comenzaron a presionarle en este sentido. No fue hasta después del Acuerdo de Munich, en el otoño del año 1938, que, en opinión de Raeder , «comenzó a percatarse de la resistencia de Inglaterra y a reconocer en esta potencia el alma de la oposición del mundo entero contra Alemania». Sin embargo, no se dio por vencido todavía en su política de querer llegar a un acuerdo con Inglaterra. Pero así como hasta aquel momento nada indica que no hubiese sido sincero en querer limitar la expansión naval germana, por lo menos, por el momento, con respecto a las cifras convenidas en el año 1935, en el otoño del año 1938 comenzó a interesarse en la ampliación de la potencia de la marina de guerra alemana. El comienzo de este proceso, dice Raeder, fue la adopción por Hitler del punto de vista de que «todas las oportunidades que se nos ofrecen por los tratados ratificados deben ser aprovechadas... después de unas negociaciones preliminares y amistosas con Inglaterra»; y en el mes de diciembre del año 1938 se hizo uso del derecho de construir hasta el cien por cien, en lugar del cuarenta y cinco por ciento, de los submarinos británicos. «A partir del mes de octubre del año 1938 — continúa la declaración de Raeder —, me recalcó que cada navio que construyéramos debía ser más potente que su oponente inglés, y me advirtió que debíamos estar preparados para embarcarnos en un gigantesco programa de construcciones»; fue por órdenes directas de Hitler que el nuevo programa de construcciones comenzó a llevarse a la práctica en el otoño del año 1938. Al propio tiempo, «durante el invierno del año 1938, el Führer estudió la posibilidad de la denuncia del tratado naval del año 1935».

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