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EL TRATADO DE VERSALLES JUNIO 28 1919

El Tratado de Versalles es un dictado de odio y de latrocinio.
STALIN

Cuando el 11 de noviembre de 1918 se firmó el Armisticio en Compiégne fue con la condición explícitamente aceptada por los países Aliados de que, en el subsiguiente tratado de paz se aplicarían los catorce puntos de Wilson, solemnemente proclamados como finalidad de guerra de los Estados de la Entente.
Las circunstancias bajo las cuales el Armisticio fue firmado deben ser tenidas muy en cuenta. El Alto Mando alemán no solicitó el Armisticio por que sus ejércitos hubieran sido derrotados. En el transcurso de los cuatro años que duró la guerra, las tropas alemanas y austrohúngaras lucharon siempre en territorio extranjero; en Bélgica, Francia, Italia, Serbia, Rumania, Grecia. Rusia... Los Ejércitos Centrales nunca fueron vencidos en el campo de batalla, ni siquiera en Verdún, donde la heroica resistencia de los franceses hizo fracasar la ofensiva de Von Falkenhayn, pero sin que en el contraataque que siguió pudieran los galos obtener ventaja alguna. El Gobierno alemán solicitó el Armisticio por que los grupos "espartakistas" y comunistas de Rosa Luxembourg y Liebknecht estaban convirtiendo la retaguardia alemana en un campo de batalla y amenazaban con desatar una revolución generalizada del mismo tipo que la sobrevenida en Rusia un año atrás. Por otra parte, la entrada en guerra de los Estados Unidos convertía en problemática una rápida victoria germánica, y una victoria rápida era imprescindible si se quería evitar que la amenaza bolchevique interior degenerara en un cáncer imposible de controlar. Berlín pidió el Armisticio sobre la base del programa de Wilson, esto es, de una «paz sin vencedores ni vencidos», para poder dedicar todo el peso de su esfuerzo contra el bolchevismo interior y el que se insinuaba, amenazador, en las fronteras orientales del Reich.
El Armisticio fue firmado como preludio de una paz negociada. Es extremadamente importante tener bien presente este hecho, porque un Armisticio acordado en tales condiciones es muy diferente de una rendición incondicional. «La guerra no debe terminarse con un acto de venganza. Ninguna nación, ningún pueblo deben ser robados o castigados. Ninguna anexión, ninguna contribución, ninguna indemnización.» Éstas sabias y generosas fórmulas, que hicieron que el ingenuo Estado Mayor alemán depusiera las armas, creyendo en la palabra de honor y en las promesas de los estadistas aliados, promesas ratificadas bajo firma en el Armisticio de Compiégne, constituyeron, sin duda alguna, el mayor crimen político de la Historia de Europa y prepararon con matemática certeza, la siguiente conflagración mundial.
Bien sabido es que el vencedor se arroga todos los derechos y que dicta la paz. A pesar de todas las fórmulas altisonantes, eslóganes más o menos manidos para narcotizar incautos y reclutar carne de cañón, los "tratados" de paz no son más que la continuación de la guerra por medios diplomáticos, y su finalidad no es determinada por una especie de «justicia inmanente», sino por el objetivo perseguido por las potencias vencedoras.
No obstante, conviene recordar que, en 1871, al final de la guerra francoprusiana, que terminó con la más completa derrota francesa, el canciller Bismarck no exigió más que la devolución de AlsaciaLorena y una módica reparación de guerra. Alemania no le robó ningún territorio a Francia  ni creó, a su alrededor, un «cordón sanitario» de estados artificiales y hostiles, ni la forzó a «reconocer», bajo el chantaje del bloqueo por hambre, su «exclusiva culpabilidad» en el desencadenamiento de la guerra. Alemania no atentó contra el rico e indefenso imperio colonial francés; antes bien, aún facilitó a Francia la posibilidad de una expansión colonial a fin de que se resarciera de sus pérdidas en Europa y recompusiera su prestigio de gran potencia... Sesenta años atrás, cuando el primer Napoleón fue derrotado por una coalición de la que las germánicas Prusia y Austria formaban parte preponderante, Metternich fue el mejor abogado de Talleyrand frente a las exigencias inglesas, y Francia, inerme y a merced de una poderosa coalición de vencedores, fue respetada en la integridad de su territorio metropolitano. Pero la xenófoba actitud de los políticos de París, rencorosos hasta el ridículo, contribuyó poderosamente, en 1918 - con el apoyo de una Inglaterra antieuropea y una Norteamérica desconocedora de los problemas de nuestro continente - a la eclosión del llamado «Tratado de Versalles», uno de los documentos más inicuos que fueron jamás rubricados por representantes de naciones civilizadas.

El chantaje del bloque por hambre
En el Armisticio de Compiégne los vencedores estipularon que el Tratado de Paz debería firmarse dentro de un plazo de treinta y seis días, notoriamente insuficiente para resolver todos los problemas planteados. Cada prolongación del estado de Armisticio debía ser comprada por Alemania con nuevas concesiones: entregas de carbón, de material ferroviario, de productos alimenticios, de patentes de invención, de maquinaria... Entre tanto, los revolucionarios de Alemania alentados y subvencionados desde fuera desencadenan una serie de revueltas que obligan a la Wehrmacht a dedicarles toda su atención. Puede afirmarse que, sin la acción de los bolcheviques a finales de 1918, y en vista del engaño que se insinuaba, el Estado Mayor alemán habría continuado las hostilidades. En Compiégne, Alemania había firmado un Armisticio sobre la base de los puntos de Wilson, es decir, prácticamente, una pazempate. Pero entre Compiégne y Versalles, la Entente falta a sus compromisos, se aprovecha - alentándola óde la Revolución bolchevique en Alemania, y del tiempo ganado, que permite la llegada de nuevos contingentes norteamericanos a Francia, y modifica fundamentalmente la situación a su favor. En noviembre de 1918, cuando se firma el Armisticio de Compiégne, el Ejército alemán invicto, puede oponerse a una abusiva explotación de la victoria aliada. Pero en febrero de 1919, la Wehrmacht debe luchar en el frente interior contra los rojos y, por otra parte, la Entente ha ganado un tiempo precioso. Londres y París - y ciertas fuerzas internacionales que se mueven entre bastidores - explotarán el nuevo estado de cosas.
El chantaje aparece crudo y descarnado cuando Inglaterra y Francia deciden iniciar el bloqueo por hambre para apoyar sus exigencias, cada vez más desorbitadas. Winston Churchill, primer Lord del Almirantazgo, declara: «Continuemos practicando el bloqueo por hambre con todo su rigor. Alemania está a punto de perecer de hambre.
Dentro de muy pocos días estará en pleno colapso... entonces será el momento de tratar con ella» . Unos días después, Alemania debe entregar toda su flota mercante a Inglaterra. La flota de guerra seguiría unos días después. Francia, por su parte exige el desmantelamiento de centenares de fábricas, y destruye todo lo que no puede llevarse. En vano el mariscal Haig, comandante supremo de las fuerzas británicas aconseja poner fin a los abusos y no herir sin necesidad la dignidad del pueblo alemán. Lloyd George, Churchill y su «clique» le recuerdan que sus deberes de militar terminaron con el «alto el fuego». Ahora la palabra es de los políticos, que incluso empiezan a pelearse entre ellos por el derecho a la mayor cantidad posible de despojos del vencido. Es imposible imaginar una más cínica violación de unos acuerdos rubricados solemnemente. La Cruzada del Derecho y la Democracia se ha transformado en un Patio de Monopolio. Los acuerdos de Compiégne ya no cuentan para nada. Clemenceau proclamará, sin ambages: «Los acuerdos pasan, pero las naciones quedan». Pero hay que adoptar una apariencia de legalidad. Hay que convencer al hombre de la calle de que, siendo Alemania culpable de la guerra, justo es que sobre sus hombros caigan todas las cargas de la misma. Por eso en el «tratado» se incluye una cláusula que dice: «Las potencias aliadas declaran, y el Gobierno alemán solemnemente admite, que la culpabilidad total en el desencadenamiento de la guerra incumbe a Alemania».
El conde BrockdorffRantzau, jefe de la Delegación alemana en VersaSles, abandona su puesto, alegando que su concepto del honor le impide apoyar, con su firma, una tal enormidad. Pero nuevamente Inglaterra y Francia amenazan con una reanudación del bloqueo y la ocupación «sine die» de territorios que, incumpliendo los acuerdos del Armisticio de Compiégne, han invadido, sobre todo en Renama y Baviera.
Von Haniel, sustituto de BrockdorffRantzau, anuncia que «Alemania se doblegará a todas las exigencias de sus enemigos: algunas de las cláusulas del Tratado sólo han sido incluidas para humillar a Alemania y a su pueblo. Nos inclinamos ante la violencia de que somos objeto por que después de todo lo que hemos sufrido, no disponemos ya de ningún medio para contestar. Pero este abuso de la fuerza no puede empañar el honor de Alemania». Ciertos juristas de ocasión se rasgarán, años más tarde, sus democráticas vestiduras cuando Hitler, solemnemente, declare nula la cláusula de la culpabilidad exclusiva de Alemania en la primera hecatombe mundial.


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